Una tradición que se lega de padres a hijos

Miles de familias acuden a la procesión del Cristo de la Victoria, que un año más concita a fieles de todas las edades »»Es un sentimiento que engancha”, apuntan los devotos

A sus tres meses de vida el pequeño Mateo puede presumir de haber acudido ya dos años seguidos al Cristo de la Victoria. “Vino a la procesión el verano pasado, en la barriga… Y ahora vuelve a estar aquí con nosotros”, comenta su madre, Alexandra, minutos antes de que la procesión arranque de la Colegiata. A pocos metros, su familia: Marcos -que sostiene al bebé contra su regazo-, José, Amparo y Arancha asienten con un orgullo imposible de disimular. En las manos sujetan cirios encendidos.

El caso de Mateo ilustra a la perfección un fervor por el Cristo de la Victoria que remonta generaciones, se lega de padres a hijos y remoza cada primer domingo de agosto. “Una vez que lo conoces te engancha”, concuerda “Reme”, que ayer acudía a la procesión con Lucía y su hijo David. “Es la primera vez que vengo; mi madre pidió una cosa por mí y como se cumplió… ¡Aquí estoy!”, revela David mientras cubre parte del itinerario de la procesión con su novia, Sofía.

Otros fieles que ayer recorrían las calles del Casco Vello explican que su fervor por el Cristo enraíza décadas atrás. “Venimos desde hace muchos años”, coinciden Ernestina, “Teté”, “Agus” y “Lupe”, que poco antes de las siete de la tarde atravesaban juntas Praza da Princesa en dirección a la Concatedral. A pesar de esa veteranía, la marea humana que arrastra la procesión no deja de sorprenderlas año tras año. “Viene cantidad de gente… Y eso que mucha ya hace el recorrido la noche anterior y a lo largo de todo el día”, anotan. “Es cierto que cada vez hay más gente”, lanza José, quien resalta además la profunda e intensa carga de sentimientos que empapa la cita: “Se ve incluso gente que está llorando”. María Luisa es una de las devotas que no oculta su sensibilidad. “El sábado, por ejemplo, me emocioné mucho cuando descendieron el Cristo en la Colegiata… Me impresionó muchísimo, la verdad”, recuerda.

Ayer María Luisa cumplía un año más con la tradición acompañada por María José, Amparo, Agenor e “Inma”, de Melide y que acudía por primera vez. A pocos metros se preparaban también para la procesión Mariola, su marido Miguel, su hija Mirian y su suegra Pilar. “Acudimos casi todos los años; yo empecé con mi madre y continué viniendo”, apunta. Aunque cada fiel guarda con celo las ofrendas o peticiones que dirige al Cristo de la Victoria, la mayoría reconoce que están relacionadas con “la salud” y “la familia”. La fe en su apoyo mueve agosto tras agosto a mayor número de devotos. Algunos, como Josefa, se decidían a participar en la procesión animados por familiares o amigos. En su caso le tendió la mano para hacerlo Rosa, quien recuerda que desde hace dos décadas permanece fiel a su cita con el Cristo de la Victoria. “Despierta mucha devoción y por eso siempre acude tanta gente”, concluye Rosa, de Pontevedra.

Fuente: Faro de Vigo

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