Tradición, fe y orgullo

El origen de los portadores del Cristo de la Victoria de Vigo es una historia ligada a la tradición, a la fe y al orgullo. El bastón de mando del carro lo sostiene Carlos Borrás «con mucha responsabilidad» desde hace tres años. Pero sin la veintena de cofrades que empujan la estructura -que mide casi cinco metros y pesa 1.400 kilos- no podría mover siquiera un paso la imagen del Cristo. Estos días reciben decenas de peticiones para portar la figura, pero solo los cofrades más cercanos al Cristo y al grupo de portadores pueden guiarlo.

Llevar el carro tiene lista de espera. «Nadie se da de baja voluntariamente», afirma Borrás. Cada año aparecen voluntarios, pero el grupo está cerrado. «Llegaron a ofrecer 200.000 pesetas para poder ir en la procesión», cuenta Victorio Comesaña, un veterano. «Nadie quiso ceder su puesto. Aquí se está hasta que el cuerpo aguante». Junto a Borrás bromea con que su nombre, Victorio, lo ligó al Cristo antes de nacer. Ni siquiera recuerda cuántos años lleva en la Cofradía del Santísimo.

Hace casi 70 años que los marineros de Vigo dejaron de bajar el Cristo al pulso por sus serpenteantes e inclinadas calles. José Fernández, el más antiguo de los portadores con 46 años de experiencia, todavía mantiene los recuerdos del niño que era: veía admirado como la figura se paseaba por la ciudad en volandas de los hombres.

«Esto no es Sevilla», explica Borrás refiriéndose a que la orografía de la ciudad dificulta, y mucho, el paseíllo del Cristo. De ahí la necesidad del carro. El trayecto se ha vuelto más llevadero, pero la labor continúa siendo «muy dura», confiesa el portador. Cuatro hombres bajo la figura la empujan y frenan. Desde fuera, unos 15 la dirigen. «A veces creo que no va a pasar, pero si Pepe -por Fernández- me dice que sí, que cabe, yo estoy tranquilo», asegura Borrás. Los más veteranos tienen tomadas las medidas a cada recodo, a cada esquina del recorrido.

A pesar de la experiencia de los cofrades, las emociones no menguan. La salida de la Concatedral, la llegada al Berbés en la que los barcos reciben al Cristo con el bocinazo de las sirenas o la entrega floral bajo el himno en la Puerta del Sol, son los momentos que más emocionan a los portadores.

Desde el año 53 el carro descansa en Corujo, esperando por la siguiente procesión. El encargado de traerlo el día antes hasta la Concatedral es la familia de gruístas Cuiñas. El primero año la cofradía les pidió que transportasen el carro. «Nos preguntaron que cuánto era y nosotros les respondimos que al Cristo no se le pagaba», cuenta Raúl Cuiñas, hijo del primer encargado del traslado. Desde entonces esta familia se ha encargado de cuidar una de las joyas de la procesión, hecho con incrustaciones de plata y piedras preciosas. Pero el de este año será su último paseíllo, a partir del 3 de agosto se guardará en la sede que la cofradía tiene en el centro de la ciudad.

 

 

 

 

Fuente: Faro de Vigo

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